“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está cerca”
Airbnb brinda un espacio a los anfitriones para que ofrezcan experiencias que pueden disfrutarse en sus lugares de residencia. Estas experiencias cuentan la historia del lugar que visitas: surfear en Australia o Hawái, esquiar en Aspen, asistir a conciertos en París o realizar actividades ecológicas alrededor del mundo: es el storytelling en acción.
Aunque sus servicios se ampliaron, los clientes siguen siendo el corazón de la marca. Airbnb no es dueña de ninguna propiedad y la marca sabe esto muy bien. Por eso, en lugar de contar su propia historia, hace que los clientes narren las suyas; incluso han creado una sección dedicada a esto llamada «Stories from the Airbnb Community». Airbnb pide permiso para utilizar las fotografías y videos de los usuarios:
Lo que Robert Kennedy dijo el 18 de marzo de 1968 (en plena campaña electoral)
La cita de Kennedy:
Nuestro PIB tiene en cuenta, en sus cálculos, la contaminación atmosférica, la publicidad del tabaco y las ambulancias que van a recoger los heridos en nuestras autopistas. Registra los costes de los sistemas de seguridad que instalamos para proteger nuestros hogares y las cárceles en las que encerramos a los que logran irrumpir en ellos. Conlleva la destrucción de nuestros bosques de secuoyas y su sustitución por urbanizaciones caóticas y descontroladas. Incluye la producción de napalm, armas nucleares y vehículos blindados que utiliza nuestra policía antidisturbios para reprimir los estallidos de descontento urbano. Recoge (…) los programas de televisión que ensalzan la violencia con el fin de vender juguetes a los niños. En cambio, el PIB no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación, ni el grado de diversión de nuestros juegos. No mide la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la calidad de nuestros debates políticos, ni la integridad de nuestros representantes. No toma en consideración nuestro valor, sabiduría o cultura. Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro país. En una palabra: el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida
El concepto fue acuñado por el cuarto rey de la dinastía actual, Jigme Senge Wangchuk, en la década de los 70. Fue él, artífice del Bután moderno que hoy conocemos, quien proclamó que en un país como el suyo, aislado entre montañas, cerrado a los extranjeros hasta 1974, profundamente agrícola y rural, el concepto de PIB (producto interior bruto) occidental no tenía sentido. Que él y su gobierno lucharían por incrementar la felicidad de sus súbditos por lo que decretaba instaurado el índice de Felicidad Nacional Bruta.
En contra de lo que muchos creen -y otros muchos han escrito erróneamente-, no se trata de ningún índice oficial ni un patrón mensurable ni va más allá de un concepto. No es el índice de bienestar que publica anualmente la OCDE. Es una forma de buen gobierno que tiene su máxima expresión en la Comisión de la Felicidad Nacional Bruta, un organismo del gobierno butanés que vela porque todas las leyes, acciones e inversiones de la administración pública estén encaminadas a aumentar la felicidad de los súbditos. ¡Casi nada!
¿Cómo se materializa este concepto? De una manera tan sencilla como poco común en el resto del mundo: gobernando pensando en los ciudadanos. Los butaneses tienen gratis el agua, la electricidad, la educación, la sanidad… cuentan con buenas carreteras, puentes, presas y diques, instituciones que funcionan, una democracia estable… ¡Hasta las semillas que plantan los agricultores (el 90% de la población vive de la agricultura y la ganadería) las proporciona gratuitamente el gobierno, que se encarga de mejorarlas cada año para aumentar la producción nacional!.
Este vídeo es un buen ejemplo de storytelling, de cómo enganchar emocionalmente al cliente narrando una bonita historia entre dos robots, una experiencia cercana y común con emociones como el amor en las que todos podemos reconocernos. También nos gusta porque ejemplica muy bien cuán importante es acercarse al otro desde lo que sabemos que le importa, desde aquello en lo que creemos que podemos coincidir, buscando así puntos en común, tal y como logra el robot cuando tira los pétalos de la margarita.